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| Nadie ha podido explicar con palabra certera ese dolor que nos embarga cuando se nos va un amigo del alma. Foto • Suministrada. |
Opinión
José Miguel Alzate
Es triste para mí despedir a Fernando Ocampo Loaiza, el mejor amigo de mi infancia. El corazón se me llena de tristeza para darle el adiós definitivo a ese muchacho alegre con quien, cuando éramos niños, recorría las calles de Aranzazu impulsando, con un palo que llevábamos en la mano, una rueda de caucho. Despido hoy a quien nos acompañaba a jugar cordalinas con los vecinos de la cuadra en el plan del antiguo hotel de turismo. A quien fue cómplice de nuestros amores juveniles porque estaba ahí, siempre, para llevarle de mi parte una rosa a la niña que entonces me atraía. Parte el alma despedir hacia la eternidad a quien compartió conmigo (nos levantamos en la misma calle, portón con portón), esos años en que vivíamos con alegría el presente porque no teníamos tiempo para dimensionar el futuro.
El alma se alegra cuando se despide a un amigo que parte en busca de nuevos horizontes, pero derrama lágrimas cuando esa partida tiene el sentido de lo inescrutable, cuando se entiende que nunca más se vuelve a escuchar su voz, cuando se tiene la certeza de que su alegría no llenará más nuestros días o cuando se sabe que no volveremos a hablar de las travesuras que hacíamos cuando éramos niños. Cicerón, el gran orador griego, dijo que la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos. Y tenía razón. Porque cuando muere un amigo entrañable se recuerdan momentos de su existencia como si lo vivido hubiera ocurrido ayer. Fernando Ocampo sembró en quienes fuimos sus amigos valores como la integridad moral, el respeto a los mayores y la sinceridad al hablar.
Nadie ha podido explicar con palabra certera ese dolor que nos embarga cuando se nos va un amigo del alma, ni el alcance de ese vacío que nos deja su partida ni la tristeza que nos invade cuando recibimos la noticia de su muerte. Nadie ha sido capaz de explicar por qué el corazón llora cuando tenemos que entregar a la tierra nutricia a alguien que, como Fernando Ocampo Loaiza, fue un amigo cercano en todos los momentos de la vida. Del corazón brotan palabras tristes ante esta cruda realidad. Como ni siquiera los grandes filósofos han podido desentrañar el enigma de la muerte, tampoco nosotros estamos preparados para asumir el dolor que nos llena el alma cuando se nos va ese amigo que estuvo a nuestro lado el día que hicimos la Primera Comunión o que nos enamoramos por primera vez de una mujer.
Las palabras sirven para expresar sentimientos de dolor, para despedir a un amigo que emprende un viaje sin retorno, para llevar consuelo a una familia afligida o para hacer el panegírico de ese ser humano que parte hacia una dimensión desconocida. Quiero utilizarlas para despedir a Fernando Ocampo, para hablar de la soledad en que nos deja su fallecimiento y para evocar los tiempos compartidos. Recurro a ellas porque expresan no solo la tristeza de mi corazón, sino también el dolor de muchos amigos que hicieron presencia en la iglesia de Aranzazu para decirle adiós a alguien que durante su existencia tuvo un comportamiento social ejemplar. Nunca Fernando Ocampo ofendió a nadie con la palabra. Estuvo ahí, al lado de los amigos, dispuesto siempre a escucharlos y, sobre todo, a celebrar con ellos la alegría de la vida.
Traigo a la memoria al poeta Eligio Alvarez Niño cuando dijo: “muerte, señora vestida de negro que nos roba la alegría, y a las personas que amamos nos las deja cubiertas con una losa fría”. A Fernando Ocampo lo llevaremos en el recuerdo porque construyó amistad sobre la base del respeto mutuo. Su alma vuela ahora envuelta en un lienzo invisible, mientras sus cenizas quedan aquí, guardadas en un pequeño cajoncito de madera. ¿Qué se recuerda, entonces, de los muertos? Se recuerdan las obras buenas que hizo, la nobleza de su alma, los sentimientos de su corazón. Se habla de ellos por los valores que le dieron identidad, por esas semillas de amor que sembraron para hacerse querer, por el ejemplo que con su accionar cotidiano dieron en todo momento.
Morir es dejar de hacer presencia entre los vivos para estar, de ahí en adelante, como una sombra, en el recuerdo. Nosotros, seres humanos sometidos a la voluntad de un ser superior, nos vamos y no volvemos nunca. Pero dejamos aquí, sembrado en la tierra, el recuerdo de nuestra existencia, como una página que se escribió para que los demás la lean. Dejamos lo que sembramos para que nuestra vida tuviera trascendencia. Fernando Ocampo camina ahora por ese túnel oscuro que desemboca en una esplendorosa claridad. Recibió la muerte como el fin de toda angustia, como el más tranquilo sueño, como el eterno descanso, como la hora de rendir cuentas al Supremo Creador. Descanse en paz, inolvidable amigo. Hoy se apaga tu luz, pero de ahora en adelante alumbrará en otro lugar: el cielo.


